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Cuando en un festival de cine, en 1990, vi por primera vez la película
de Ulrike Ottinger Johanna d´Arc of Mongolia, quedé
completamente cautivada por su rica fuerza visual y su divertido
argumento. La película es una historia épica del encuentro
entre Occidente y Oriente, en la cual un grupo de mujeres europeas
que viajan en el Transiberiano son secuestradas por una tribu de
mujeres mongolas, dirigida por una bella y altiva princesa. Combinando
estructuras narrativas lineales y no lineales, Ottinger entremezcla
encuentros exóticos y eróticos, con la extraordinaria
y vasta belleza del paisaje de Mongolia como fondo. Como sugiere
el título del filme (que combina diferentes lenguajes), Ottinger
cuestiona y celebra al mismo tiempo la complejidad de los encuentros
culturales, ya que, a lo largo del filme, cada grupo necesita reposicionarse
una y otra vez con respecto a su Otro. En una película que
hace referencia a las aventuras de secuestro, a las road-movies
de Bob Hope y Bing Crosby y a los documentales del tipo National
Geographic, la cuestión de qué es exótico y
para quién llega a adquirir una exquisita complejidad. A
lo largo de los once años que han transcurrido desde entonces,
el recuerdo de esta película me ha obsesionado cada vez más.
Finalmente, he buscado a Ulrike Ottinger para hacerle esta entrevista.
Janet Kaplan: Me gustaría centrar nuestra conversación
en tu película Johanna d´Arc of Mongolia. ¿Podrías
resumir el argumento?
Ulrike Ottinger: Se trata de una película sobre diferentes
tipos de narración. En mis películas nunca hay un
único argumento. Sin embargo, hay una historia. La primera
parte de la película es un viaje a través de la Historia
a bordo del Transiberiano, un tren grandioso y antiguo en el que
la gente ha viajado de Oriente a Occidente y de Occidente a Oriente
durante más de cien años.
Me encantaba la historia de este tren. Me parecía un lugar
maravilloso para reunir a gente de todo tipo. En la película
me centré en cuatro personajes femeninos muy diferentes que
representan historias de diversas épocas. Está la
elegante Lady Windermere, que es una etnóloga aficionada
de finales del siglo XIX. Es una "erudita independiente",
una persona acaudalada que consagra su vida de manera obsesiva a
un estudio en particular, como en las viejas novelas inglesas. El
personaje de Lady Windermere está inspirado en las costumbres
victorianas de su época y muy influido por todas las experiencias
de los colonizadores del imperio británico que estudiaron
la cultura de los nómadas mongoles. Se la ve viajando en
un salon wagon, su suntuoso coche particular. Esto significa que
pertenece a un tiempo en el que el cuerpo diplomático, los
príncipes y los reyes viajaban por la ruta del Transiberiano
como si de un hotel de lujo se tratara.
Luego hay una bella joven, Giovanna (la figura principal de Johanna
d´Arc of Mongolia), que pertenece a la época contemporánea.
Es una aventurera, viaja con una mochila y un walkman. Al principio
está en el compartimiento de tercera clase junto a soldados
y campesinos que viajan con sus animales. Después recibe
una invitación a unirse a la mesa de Lady Windermere y más
tarde a su vagón privado.
Una profesora alemana, Frau Müller-Vohwinkel, viaja con una
guía Baedeker que lee minuciosamente, de manera que todo
lo que ve ya ha sido interpretado. Y también está
Fanny Ziegfield, una estrella de los grandes teatros de variedades
de los años treinta y cuarenta del siglo veinte. Todas ellas
están en el tren, recorriendo una ruta lineal de Occidente
a Oriente. El plan de la mayoría de las viajeras es atravesar
Mongolia para llegar a sus diferentes destinos. Sólo Lady
Windermere piensa quedarse en Mongolia para continuar sus estudios
etnográficos. Además de estos personajes también
hay una compañía de espectáculos, Las Hermanas
Kalinka, formada por tres mujeres. Son una versión judío-alemana
itinerante de Las Hermanas Andrews. También hay un personaje
masculino, Mickey Katz, que es un tenor judío-alemán
que viaja a Harbin, China, para encontrarse con su comunidad judía.
En el tren, se une a las otras cantantes en la interpretación
de las maravillosas canciones de los teatros de variedades de los
años treinta y cuarenta, como aquellos de la antigua Segunda
Avenida de Nueva York.
La película se divide en tres secciones. En la primera parte
la acción sucede en el tren. Todas estas escenas están
filmadas en un estudio con decorados meticulosamente construidos-incluso
los destellos del paisaje exterior que vemos pasar a través
de las ventanillas. Quería que el público viera la
verdadera artificialidad de esa construcción. Por eso aparece
brevemente la rasgadura de la pared trasera del coche privado de
Lady Windermere: en realidad esa rasgadura es un trampantojo hecho
por pintores de decorados teatrales. Es la representación
intencionada y extremadamente artificial del mundo occidental y
sus fantasías sobre Oriente.
En contraste, la sección central de la película,
cuando el tren llega a Mongolia, se filmó enteramente en
exteriores, en el paisaje natural. En ella una tribu de mujeres
mongolas, liderada por la princesa Ulun Iga, detiene el tren y secuestra
a las viajeras, que son conducidas al campamento de estación
de la princesa. Entonces todo cambia. En este paisaje nómada
no existe ningún camino lineal que se pueda seguir, lo cual
también es aplicable a la narración. El tiempo épico
y lento de los mongoles comienza con cuentos de hadas, relatos rapsódicos
y maravillosas epopeyas-las antiguas canciones tradicionales en
las que cuentan toda su historia. Es una antigua forma dramática,
como en Shakespeare-muy simple y a la vez muy compleja, un esqueleto
que se puede rellenar con todo lo que uno desee. Como en la épica,
éste es un espacio para las cosas reales, la vida cotidiana
y los rituales religiosos. A medida que se desarrollan las relaciones,
observamos diversos enfrentamientos sociales entre las culturas
nómada y sedentaria, entre la ficción y el documental,
entre la vestimenta de época de las europeas y los magníficos
atuendos tradicionales de la princesa y su séquito.
Cuando empiezo una nueva película su inspiración,
su contenido y su estilo se derivan del lugar en el que comienzo.
En este caso fue Mongolia. Siempre me gusta cambiar el punto de
vista, darle vueltas a un asunto observándolo desde diferentes
perspectivas. Esto hace que las cosas sean más complejas
y un poco más difíciles en un mundo donde se espera
que el cine no sea más que simple entretenimiento. Johanna
d´Arc of Mongolia es también un filme entretenido,
pero es entretenido en otro plano. Trata de malentendidos culturales,
que pueden ser bastante divertidos. He viajado mucho y aprendido
una buena cantidad de cosas acerca de estos malentendidos, que encuentro
extremadamente interesantes.
Kaplan: La crítica ha relacionado tu trabajo con toda suerte
de teorías-deconstrucción, teoría de la sublimación,
feminismo, teorías queer [queer: homosexual, raro, extraño,
diferente]. ¿Te sientes afín a alguna de ellas?
Ottinger: Nací y crecí en Alemania en una época
y en un ambiente donde volvía a discutirse con gran intensidad
el arte moderno de los años veinte y treinta. Cuando era
muy joven me fascinaba la literatura de la vanguardia clásica.
Éste fue el comienzo de mi interés por el arte. Así
que he trabajado con todas estas teorías clásicas.
Cuando me fui a Paris, el estructuralismo era muy importante. Me
quedé allí casi ocho años. Me fascinaba la
etnografía, en la que el estructuralismo tiene tanta importancia.
Pero prefiero leer literatura en sí, en lugar de teorías
sobre ella. También me gusta ir a museos. Para mí
es una inspiración importante estar en contacto con ambos,
con el arte y la vida cotidiana.
Kaplan: ¿Con qué artistas y cineastas te sientes
identificada por su forma de enfocar el trabajo? ¿Quién
piensas que trabaja con ideas semejantes a las tuyas?
Ottinger: Siento afinidad con muchos tipos de obras completamente
diferentes. De otras épocas, me gustan las películas
mudas y las películas de Erich von Stroheim. Me gustan su
atmósfera y sus gestos. No me interesa el carácter
totalmente comercial de la mayoría de las películas
americanas. Me agradan las películas de Robert Altman y Martin
Scorsese y especialmente las de los cineastas independientes americanos
Jack Smith, Ivonne Rainer y John Waters, por nombrar sólo
unos pocos. Pero muchas de esas películas americanas que
son tan famosas e importantes de cara a la taquilla no son plato
de mi gusto.
Kaplan: ¿Te ves a ti misma como parte de un círculo
de cineastas?
Ottinger: No. Cuando empecé a ser una artista estaba en
Paris. Cuando regresé a Alemania, conocí muy bien
a Rainer Werner Fasbinder, también a Rosa von Praunheim y
a Werner Schroeter. Sentíamos que teníamos algo en
común. Ahora tengo más amigos filósofos, escritores
y artistas visuales. En Alemania tenemos cineastas muy interesantes,
pero el sistema se ha implicado en mayor o menor medida con Hollywood
y ha tomado una dirección equivocada, desgraciadamente. Invierten
muchísimo dinero en películas horribles. [Se ríe.]
Kaplan: ¿Cómo reaccionas ante el hecho de que se
te califique de feminista?
Ottinger: Bueno, la gente me pregunta eso constantemente. Siempre
me he sentido feminista. En la época en la que todo el mundo
era feminista, decían que yo no era feminista porque hacía
películas como Madame X. Y ahora ocurre lo contrario. Ahora
nadie es feminista en Alemania y siempre se refieren a mí
como una famosa feminista. [Se ríe.]. Tal y como yo entiendo
el feminismo, las mujeres deben tener alternativas, posibilidades,
y la libertad de hacer cosas maravillosas. Así que, de la
manera en que yo entiendo el feminismo, sí soy feminista.
Kaplan: ¿Qué me dices de la asociación con
la teoría queer? Varios críticos han denominado tu
película un "Lawrence de Arabia lésbico."
Ottinger: Oh, hay todo tipo de títulos maravillosos. Susan
Sontag escribió un libro sobre la cultura camp que tuvo una
extensa acogida entre los cineastas. Esto es algo que me pareció
interesante. Mi trabajo parece ir bien con lo que se ha dado en
llamar la práctica del queering. Es posible que esto se deba
simplemente al hecho de que yo muestro el mundo desde una perspectiva
diferente a la de la percepción convencional establecida.
Kaplan: ¿Y qué hay de las referencias a la cultura
judía?
Ottinger: A pesar de que tengo antecedentes judíos, mi interés
por la cultura judía y sus implicaciones va mucho más
lejos. Es una corriente subterránea permanente en todas mis
películas. También guarda relación con asuntos
de alcance más amplio, tales como el exilio, la diáspora,
la existencia nómada y la transferencia cultural.
Kaplan: ¿Qué te atrajo de Mongolia?
Ottinger: Me he sentido atraída por ella desde que leía
novelas sobre el país cuando era niña. Durante mucho
tiempo no estuve segura si sería una artista o una estudiosa.
Me interesaban mucho la etnología, la antropología
y las religiones comparadas. Estos campos siguen atrayéndome
mucho. Mi fascinación por Mongolia era absoluta y siempre
quise ir. Tomando como base este deseo de infancia más bien
inocente, investigué mucho sobre el tema y finalmente llegué
allí.
Johanna d´Arc fue mi primera película en Mongolia,
pero no la primera en China. Cuando hice con anterioridad mi película
documental China, The Arts - The People (1985) ya intenté
ir a Mongolia, pero hacía un frío extremo y había
demasiada nieve. Al menos ésas fueron las razones que las
autoridades chinas alegaron para impedirme ir. Así que fui
a Yunnan en su lugar y me interné en las montañas
del Himalaya. Allí conocí a algunos mongoles nómadas.
Cuando finalmente llegué a Mongolia, fue bastante difícil.
Estoy segura de que un equipo de Hollywood no hubiera sido capaz
de trabajar allí porque la gente se hubiera negado a vivir
en esas condiciones. Habrían tenido que construir calles
y hoteles en medio del desierto. [Se ríe.] No hay carreteras,
ni siquiera senderos, así que eres libre de encontrar tu
camino. Durante muchos meses viajé por la región y
fui a lugares de todo tipo. Fui allí cuatro veces para preparar
el rodaje. Siempre me pedían que fuera acompañada
de una persona de nacionalidad china. Pero los chinos y los mongoles
no se caen muy bien, de modo que siempre era una especie de desafío
diplomático. Conocí a mucha gente mongola y les dije
lo importante que era mostrar su maravillosa cultura-sus canciones
épicas y rapsódicas, la ingeniosa producción
de objetos cotidianos como tejidos, yurts [tiendas circulares] y
armas; y sus rituales chamánicos. También quería
enseñar la variedad de sus paisajes-el desierto del Gobi,
las verdes praderas, con sus lagos y ríos, y las majestuosas
montañas con sus siluetas en forma de dragón.
Kaplan: Y la gente, ¿era cordial?
Ottinger: Claro, mucho. Pero siempre depende de cómo les
hables. Además, hay que llevar algo para intercambiar. Así
que saqué fotos de todos los miembros de la familia y las
llevé conmigo cuando regresé. También llevé
otros regalos. Para ellos es complicado obtener bienes importantes
tales como té, harina o tabaco. Sabía lo que necesitaban
y se lo llevé. A su vez, encontré a una anciana increíble
que me ayudó con los rituales. Hacen una ropa maravillosa
y me fue dado elegir los vestidos más fabulosos. Ya conocía
mucho al respecto, pero fue fantástico contar con su ayuda.
Me trajo un hermoso y antiguo tocado del que estaría orgulloso
el mejor de los museos. Lo habían arrumbado porque durante
la época comunista y socialista era difícil poseer
cosas como ésta. A la gente se la enseñaba a no ser
diferente. A esos tipos de regímenes nunca les gustaron los
nómadas. Siempre intentaron hacer que se quedaran en un solo
sitio para poder controlarlos. También les llevaban regalos.
Pero los nómadas cogían los regalos y seguían
su camino. [Se ríe.]
Kaplan: ¿Llevaste a los actores desde Berlín?
Ottinger: Sí, llevé a los cuatro actores y a las
tres Hermanas Kalinka desde Berlín.
Kaplan: ¿Las Hermanas Kalinka era realmente una compañía
de variedades?
Ottinger: No, yo las reuní. Todo el mundo piensa que llevaban
veinte años cantando y actuando juntas. Pero, en realidad,
ni siquiera se conocían. Una de ellas era una cantante de
rock y jazz. Había hecho cosas completamente diferentes,
pero también podía cantar canciones clásicas.
Otra era una cantante argentina de procedencia judío-alemana.
La vi una vez en Paris y le pedí que se uniera a nosotros.
Y a la tercera la vi en una competición de treinta pianistas.
Me gustaron tanto sus gestos como su aspecto, ligeramente pasado
de moda. Me pareció perfecta. Cuando le expliqué el
proyecto, dijo sorprendida, "¿cómo lo sabías?".
Es increíble pero resultó que, aunque era americana,
procedía de una familia de origen tártaro. Así
que yo las junté. Sabía lo que podía hacer
cada una de ellas.
También elegí la música. Me gusta la música
oriental antigua. Pero no tuve que intervenir en las interpretaciones
mongolas. A los mongoles les gusta interpretar y lo hacen de maravilla.
No hay muchos espectáculos, de modo que tienen que entretenerse
entre sí. Tienen sesiones de canto en las que todos cantan
juntos. Cuando Las Hermanas Kalinka cantaban alguna de sus canciones,
los mongoles la asimilaban inmediatamente. Tenía traducciones
de las viejas rapsodias y epopeyas mongolas al inglés, francés,
italiano y alemán. Entonces escribí una canción
épica al estilo de la música mongola. La historia
que escribí estaba basada en un suceso histórico,
ya que el peregrinaje de las mujeres sucedió realmente. Pero
me inventé muchas cosas en torno al asunto. La escribí
en alemán, pero al estilo mongol. Y después me fui
a Mongolia con el texto y la rehicieron siguiendo el ritmo de sus
canciones rapsódicas. Después la cantaron. ¡Y
ahora forma parte del repertorio de los mongoles!
Ninguno de los mongoles eran actores, excepto el personaje de la
princesa, que fue interpretado por una actriz. Ella también
es mongola, pero fue escolarizada en China. Los demás eran
nómadas que querían salir en la película. De
modo que me invitaron a bodas y a todo tipo de eventos. Ya había
estado allí tres veces antes, así que ya me conocían.
Siempre lo pasamos muy bien juntos.
Kaplan: ¿Llegaron a ver la película?
Ottinger: Jamás. El gobierno chino no permitió que
se proyectara en China. Me encantaría mostrarles la película.
Invité a la princesa al Festival de Cine de Berlín.
Fue maravilloso. Fue una gran aventura para todos nosotros. Pero
no se permitió que el resto de la gente la viviera.
Kaplan: ¿Cómo reaccionan los mongoles ante el hecho
de que la película se centre en las mujeres?
Ottinger: Bueno, esto para ellos no es excepcional porque las mujeres
son bastante poderosas en Mongolia. Es una sociedad completamente
diferente de la china; hay mucha libertad. Todos viajan con los
rebaños. Pero en ocasiones los hombres se alejan para cazar
o para comerciar. Y en otros tiempos muchos de ellos estaban en
monasterios lamas. De manera que a menudo las mujeres están
solas a cargo de los rebaños.
Hay diferentes grupos, no sólo familias. Algunas veces una
familia rica viaja junto a una pobre. Pero los pobres no van como
sirvientes. Viajan y trabajan juntos y forman un grupo temporal
durante uno o dos años. La familia pobre, que tal vez haya
perdido buena parte de su ganado a lo largo del año anterior
debido a un invierno inclemente, participa y ayuda a los que tienen
mucho. Es una sociedad sabia. Es dura, porque la naturaleza allí
es extremadamente dura; pero es libre. Es una cultura interesante,
bastante liberal. Cada vez se ha ido haciendo más difícil
mantener su nomadismo, pero mucha de esta gente todavía lleva
una existencia nómada. Cuando vas a Ulan Baator, por ejemplo,
y examinas la ciudad, ves del orden de siete u ocho mil yurts, las
casas de fieltro diseñadas para la travesía nómada.
Incluso allí las usan como vivienda. En la ciudad parecen
un poco perdidos; muchos son alcohólicos. También
les gusta beber en el exterior, pero tienen que trabajar tan duramente
que no se exceden demasiado. Fuera de las ciudades la naturaleza
es tan dura que tienen que ser muy buenos los unos con los otros;
se necesitan mutuamente.
Kaplan: La afinidad que existe entre los fantásticos vestidos
de las viajeras y el elaborado atuendo de los mongoles resulta una
comparación maravillosa.
Ottinger: Sí. El diálogo es algo que se da en mi
película en muchos planos-muchos tipos de diálogo
al margen del hablado. Y por eso siempre digo que no existe un solo
argumento. Es una película sobre la narración. Sobre
todo tipo de relaciones culturales, similitudes y contrastes, malentendidos
que pueden ser muy productivos.
Kaplan: Hablando de malentendidos en relación con la traducción,
¿cómo os comunicabais por encima de las diferencias
lingüísticas durante la filmación de la película?
Ottinger: Teníamos por lo menos doce lenguas diferentes.
Algunas veces tenías la impresión de que todo el mundo
te había entendido y entonces te dabas cuenta de que te habías
olvidado de dos lenguas.
Kaplan: ¿Contaste con un equipo completo de traductores?
Ottinger: Trabajé con una traductora suiza que hablaba chino.
Algunos mongoles también hablaban chino y ruso, pero a los
mongoles no les gustaba comunicarse en chino. Así que empecé
a aprender mongol.
Kaplan: ¿Lo hablas?
Ottinger: Nada bien. Pero para cuando hice el documental posterior,
Taiga (1992), podía arreglármelas. Viajé por
la región de Taiga, en el norte, sólo con dos personas,
un asistente y un técnico de sonido. Yo misma manejaba la
cámara, como siempre. Para este tipo de viaje, no necesitaba
demasiada gente. Pero para Johanna d´Arc, que es una obra
de ficción, necesitaba un equipo mucho más numeroso.
Kaplan: Los personajes de tu película viajan en el Transiberiano
camino de Mongolia y más tarde en camello en dirección
al campamento nómada. ¿Cómo viajabais tú
y un equipo tan extenso?
Ottinger: El viaje en tren de la película se creó
en su totalidad en un estudio en Alemania. Pero en Mongolia viajamos
en tres grandes camiones. Siempre teníamos problemas para
conseguir combustible. Las gasolineras son secretas porque al Ejército
le preocupan los posibles sabotajes. Ése sólo fue
uno de los muchos retos a los que nos enfrentamos. Otro ejemplo:
una vez tuvimos que esperar una semana para cruzar un río
porque llovía. El nivel del agua era demasiado alto en el
punto por donde debíamos cruzar, así que alguien tenía
que ir a caballo todos los días a comprobar si podíamos
pasar.
Kaplan: ¿Cómo reaccionaron tus actores?
Ottinger: Al principio, la cantante americana estaba muy preocupada.
Pero con el tiempo comprobó que la gente era muy agradable
y que no corría peligro. Sin embargo, al principio necesitaba
que todas las noches alguien le preparara la cama y se quedara con
ella hasta que se durmiera.
Kaplan: ¿Cuánto tiempo duró el rodaje en Mongolia?
Ottinger: Incluyendo el viaje y todo, creo que pasamos dos meses
y medio en Mongolia. Yo fui cuatro semanas antes para hacer todos
los preparativos. Y antes de eso, filmamos toda la parte del estudio
en Alemania.
Kaplan: ¿Y tuviste que dar comida y techo a toda esa gente?
Ottinger: Claro. Los mongoles están acostumbrados a celebrar
grandes eventos-tienen bodas con cientos de invitados-de manera
que las mujeres están acostumbradas. Llevé harina
y arroz y ellas sabían cómo administrarlo para nuestro
gran grupo. Pero el gobierno chino pensó que necesitaban
mandar al Ejército para organizarlo todo. Yo hubiese preferido
trabajar únicamente con los mongoles. Por supuesto, también
tenían que cuidar de sus rebaños. Así que los
trajeron al rodaje.
Kaplan: ¡También necesitabas a alguien más
para hacer una película del rodaje de la película!
¿Alguien lo hizo?
Ottinger: No, sólo había espacio para lo que era
estrictamente necesario. Afortunadamente, al final todo salió
muy bien. Al principio tuvimos que lidiar con complicadas negociaciones
diplomáticas. Hubo que llegar a acuerdos con los chinos porque
son ellos los que administran el país. Y tuvimos que llegar
a acuerdos con los mongoles porque se trata de sus tierras de pasto.
Y para sellar cada acuerdo tuvimos que beber un montón...
[Se ríe]
Kaplan: Eso podría explicar la presencia de cierta energía
salvaje que hay en la película. ¿Has regresado?
Ottinger: He regresado a Mongolia bastantes veces. Volví
cuando hice Taiga. Durante el rodaje de Johanna d´Arc of Mongolia
trabajé con gente de otras partes de Mongolia, donde los
vestidos y las costumbres son diferentes. Conocí a una mujer
cuya familia vivía entre renos, en el norte. Quería
ir a esa parte. Pero recibí una respuesta oficial diciéndome
que si quería filmar ahí tenía que quedarme
en un poblado, que no me podía desplazar por la zona, y que
tenía que viajar con un séquito oficial. Les dije
que yo no trabajaba así. Si trabajo con nómadas no
puedo ir con un séquito y no puedo quedarme en un poblado.
Tengo que moverme con ellos. Eso era imposible. De modo que tuve
que ir a la Mongolia exterior, a la República de Mongolia,
que es independiente de China. Ahí es donde hice Taiga. Conocía
gente de allí porque habían mostrado mis fotografías
en una exposición etnológica sobre Mongolia en Munich.
La exposición había sido comisariada conjuntamente
con mongoles de Ulan Baator, quienes me invitaron a hacer la película
en su país. Las autoridades de allí se quedaron con
todo mi dinero y a cambio me dejaron libertad para hacer lo que
quisiera. Taiga, un documental de casi ocho horas, se centra en
la vida cotidiana-que incluye muchos metros de ritos chamánicos
de un valor excepcional-de los nómadas darchan y la población
tuvan del norte. Se va a mostrar en Kassel, Alemania, dentro de
Documenta 11, en 2002. Y ahora estoy trabajando en una película
llamada Southeast Passage [El paso del sureste], que también
se va a mostrar en Documenta 11.
Kaplan: ¿Podrías describir este nuevo trabajo?
Ottinger: Todo el mundo habla de Europa. Pero se olvidan por completo
de la Europa oriental, central y meridional-oriental. Cosas que
están muy cerca se están volviendo desconocidas. Éste
es un fenómeno nuevo. Muy poca gente las visita, así
que nadie sabe cómo es la vida en Ucrania, Rumania o Bulgaria.
O tal vez vayan a un solo sitio. Pero prácticamente no hay
turismo. Grandes áreas de estos países están
casi desiertas. Los jóvenes están abandonando el campo
y los viejos se están quedando solos en estas zonas. Viajé
a través de las rutas de la vieja Europa que conectaban Berlín
con Breslau, Breslau con Chernotwitz [Chernivtsi], Varna con Odessa,
y Odessa con Estambul. Era la primera vez que usaba una cámara
digital y fui de pueblo en pueblo con cuatro amigos y traductores.
Filmé muchísimo material y tomé muchas notas
sobre estos lugares. Ahora lo estoy editando para hacer Southeast
Passage. La película es un montaje denso de las fotografías
e imágenes en movimiento que registré en el viaje,
de citas literarias y musicales, de fragmentos ficticios y documentos
históricos. Se ha convertido en un delicado tapiz en el que
se entremezclan muchos y diferentes hilos de mi archivo personal.
Kaplan: Para aquellos lectores que quizás no hayan visto
Johanna d´Arc of Mongolia ¿Crees que hay algo especialmente
importante que deban saber acerca de la película?
Ottinger: Para mí, lo importante es encontrar una forma
y un tiempo específicos para cada escena, para cada película.
Una película puede durar cinco minutos u ocho horas. Para
mí, cada película tiene una forma determinada que
tiene que ver con los colores, con el tiempo, con la estructura
dramática, con la manera de unir las imágenes. De
modo que en cada película trabajo para encontrar una forma
apropiada.
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