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La película de Ulrike Ottinger de 2004 Zwölf Stühle
(Doce sillas) resume, cita, revisa y se construye sobre toda su
obra fílmica anterior. Como 8 ½, de Federico Fellini,
o Elf Sönhe (Once hijos), de Franz Kafka, Doce sillas da cuenta
de las doce películas de Ottinger. Esta cuenta atrás
se toma la libertad de incluir Diamond Dance (La danza del diamante),
que podría y debería haberse realizado en la década
de los noventa, si no llega a ser por la pérdida de capacidad
comercial del cine hecho por artistas, el cual se vio arrinconado
por la alternativa de Hollywood a sí mismo: el cine independiente.
Tal y como "documenta" la dilatada y práctica pérdida
del proyecto La danza del diamante, el cine hecho por artistas se
dio por terminado a partir la Declaración del Cine Independiente
de Hollywood.
En Doce sillas, tres buscadores de tesoros intentan encontrar las
joyas que habían sido escondidas durante la Revolución
Rusa en un juego de doce sillas. Al final, resulta que el pueblo
ya lo había descubierto accidentalmente dentro de la duodécima
silla, poniéndolo a buen fin. La silla, que se conserva en
un famoso club, refleja todavía el poder adquisitivo del
tesoro. El último capítulo de la novela Las doce sillas,
de Ilya Ilf y Jevgeni Petrov, sobre la que se basa la película
de Ottinger, tranquiliza al lector de la siguiente manera (pues
el último de los buscadores de tesoros se vuelve loco súbitamente):
"El tesoro se conservó. Había sido guardado e
incluso había aumentado. Se puede tocar, pero no arrebatarse.
Había sido destinado al servicio del nuevo pueblo."
(394).
A lo largo de la novela recorremos los pasillos de la administración
pública y de la escritura (el periodismo incluido), que representan
una versión histéricamente optimista o una alternativa
a la melancolía y extrañamiento de los instrumentos
de escribir y organismos burocráticos de Kafka. Como tales,
el mundo de la palabra y de la palabrería que satura la novela
es el simulacro y la afirmación de la escritura como parte
de la vida. En la última estación, la de la silla
duodécima, somos testigos de una comparativamente feliz interpretación
del espacio comunitario. Así, el mero tesoro dentro la silla
aporta una "abundancia" adicional, a saber, la de otro
espacio público y publicado: el de la novela Las doce sillas,
la del filme de Ottinger -la catexis, (1) y regalo que es esta película
duodécima del que el título es una cuenta atrás-,
y la del resto de sus doce películas.
En el primer largometraje de Ottinger, Madame X - Eine absolute
Herrscherin (Madame X - soberana absoluta), la X marca el escondite
del tesoro - "mundo", "oro", "amor"
y "aventuras de piratas" - que la portadora del nombre
quiasmático invita a descubrir y disfrutar "a todas
las mujeres" en su compañía (a través
de todos los artefactos y medios de comunicación imaginables).
Y sin embargo, es el patriarcado mismo el que se afirma en esta
aventura sólo-para-mujeres, únicamente, no obstante,
para ser destruido, interrumpido o transformado. Esta aparente metabolización
de las estructuras y papeles patriarcales en vehículo para
la liberación de las mujeres comienza en la introducción
de Ottinger a la problemática duplicación del género.
El filme inmediatamente se inscribió como feminista, lo cual
está en relación con la fijación de la crítica
de cine feminista del momento por distinguir entre el placer "de
él" y "de ella". A pesar de su sensacional
acogida de 1977 (a veces tener buena prensa es la mejor represión),
Madame X - soberana absoluta preparó la brújula y
se hizo a la mar siguiendo las coordenadas de una "metáfora
del despertar, fundamentalmente a la aventura de la vida".
Ottinger continúa: "Aunque la película se centra
sobre todo en el momento del despertar, intento dejar claro que
el entusiasmo del despertar no puede ser duradero. (
) A pesar
de todo, los deseos de escapar y de cambio deberían permanecer.
(
) Formulé conscientemente la contradicción
entre Madame X como dominadora y su promesa de libertad. Madame
X no representa una persona en concreto, sino más bien una
especie de máquina de poder." (en Silberman)
Madame X es una figura de la tecnología protésica,
desde su brazo y mano asesinos al mascarón de proa, que es
a la vez su doble y el instrumento por el cual implementa su gobierno
absoluto. Las mujeres que son ejecutadas -o metamorfoseadas a través
del contacto con el doble de Madame X - son culpables de intentar
traspasar o transgredir el poder o el instrumento del poder de Madame
X. Pero un aspecto enteramente distinto de Madame X encuentra su
doble en el travesti Belcampo, cuyo rescate a manos de la tripulación
del buen barco Orlando Chino marca el inicio de la temporada de
metamorfosis. En un principio, él/la es sometida por un psicólogo
a bordo a un test MMPI (2) para determinar su identidad sexual.
Las reacciones excéntricas de Belcampo se expresan a través
de una serie de planos discontinuos, como si la propia cámara
estuviera desorientada. El evidente poder de Belcampo y su identificación
con el instrumento del cine revela que, detrás de la figura
o el fantasma del doble de Madame X y su interés dominador
por el instrumento de su norma absoluta, reside un medio para la
metamorfosis. Madame X, como norma, exagera y en el fondo su control
no es tanto. Al final del filme, los miembros asesinados de la antigua
tripulación regresan como miembros de la nueva, cantando
hacia la próxima aventura en busca del tesoro. En este plano
el filme entra en el torbellino de la metamorfosis.
En 1979 Ottinger lanzó su Trilogía de Berlín,
un trío de obras maestras del cine de artista plenamente
formuladas y compuestas. La primera de las tres, Bildnis einer Trinkerin
- Aller jamais retour (Retrato de una alcohólica, Billete
sin retorno), se presenta como una ofrenda votiva al "principio"
del propio viaje de Ottinger dentro del medio del cine, un comienzo
que, como ya estaba en marcha, era a la vez un recuerdo y una conmemoración.
Ottinger llegó al cine a través de las artes visuales
(pintura, obra gráfica, fotografía, performance).
Tras su formación en Munich, se marchó a trabajar
a París. A pesar de su éxito, llegó a un momento
de crisis y desánimo, pues no estaba convencida de lo que
podía lograr con estos medios estáticos, preliminares,
parciales. Ottinger renunció a su actividad como artista
y regresó a Constanza, donde, como fundadora de una galería
y de un club de cine, continuó trabajando dentro del mundo
del arte, pero desde el punto de vista de la dirección y
la organización. La carrera fílmica de Ottinger despegó
después de su traslado a Berlín, ese yacimiento arqueológico
de proyecciones políticas y psíquicas que le servirían
durante los años ochenta como principal fuente de inspiración
en su exploración del medio del cine.
Aunque el viaje de retorno o viaje sin retorno de Ottinger contaba
con una parada en Constanza, su posterior traslado de París
a Berlín, su transferencia, en otras palabras, al nuevo medio
del cine, se refleja, o más bien se duplica, en el viaje
ficticio de la anónima heroína de Retrato de una alcohólica,
Billete sin retorno, que comienza reconociblemente en París
-en la película, en un lugar imaginario llamado La Rotonda-con
la compra de un billete de ida a Berlín. La transición
al cine fue un periodo de crisis para Ottinger. Y mientras la protagonista
de su "retrato" fílmico de 1979 se embarca en un
viaje mortal a través de las estaciones del exceso alcohólico,
la historia de la propia Ottinger se sitúa más específicamente
en el inter-medio, en un plano medio de paredes de cristal que puede
romper pero nunca atravesar. No obstante, este impasse es tan sólo
una posible descripción del medio especular a través
del cual la directora continuó viajando y estableciendo contacto.
Los cinco episodios que forman el Welttheater (teatro del mundo),
como Ottinger clasificó su película de 1981 Freak
Orlando, se dividen en épocas tan diferentes como la Inquisición
española y la era de la psiquiatría moderna, aunque
todas las épocas pugnan alegóricamente por continuarse
y aparecer representadas en cada uno de los cinco episodios. Que
los mismos actores asuman los diferentes papeles de los diversos
episodios refuerza el carácter alegórico de la metamorfosis,
la procesión o proceso de lectura que transpiran los emblemas
representativos de los acontecimientos históricos o de las
muertes que Ottinger trae a este escenario del mundo. Lo que también
retorna en cada época es la apariencia e impacto de la mercantilización
contemporánea de la representación -o lo que el guión
designa la "yuxtaposición de mitología, grandes
almacenes y Medioevo". En un momento dado, por ejemplo, Orlando,
con el fin de iniciar otro viaje por el tiempo, entra en una habitación
o cámara dispuesta como un gabinete de curiosidades - una
especie de "barco de los locos, un gabinete de espejos y de
horror." (Orlando, Freak Orlando) - en el cual, sin embargo,
se le unen los flagelantes, que llevan sus artículos de rebajas
abordo. Cuando en Fausto II Goethe se vuelve hacia la alegoría
es para lanzar un desfile de mercancías que culmina -lo cual
es asimismo el nexo en Freak Orlando- en un tableau sobre la economía
distinta del arte.
En sus reflexiones sobre Freak Orlando, Ottinger subraya que la
secuencia del gran almacén alberga las referencias del filme
a un estrato mítico atávico: "Para mí
el significado de estas escenas es la presencia del pasado dentro
de lo que es más actual" (en Frey, 45). Esta continuidad
del pasado, como observa Frieda Grafe, sirve de extraño vehículo
a todas las tensiones alegóricas que siguen (y que también
se distienden gracias a la oferta especial de mitos en rebajas).
No obstante, este inicio, que hace evidente la conexión entre
significado y significante, queda subsumida, como también
señala Grafe, en la inauguración alegórica
del lenguaje o del mundo iconográfico propio de Ottinger:
"En estas imágenes (que continúan llenas de contradicciones),
el aura de los significados difusos cristaliza en impresiones. Es
como si el mecanismo habitual del cine, por el que la imagen representa
una copia de la realidad, se hubiera desbaratado, como si todo se
hubiera desplazado al nivel de las imágenes. Como si existieran
imágenes circulando libremente que ya no encontraran su modelo
en la naturaleza."
El Freak Orlando de Ottinger se alinea con la recepción o
reinvención de la alegoría de Walter Benjamin en Der
Ursprung des deutschen Trauerspiels (The Origin of the Baroque Mourning
Pageant). Según la lectura de Benjamin (que trata en igual
medida sobre el teatro barroco y el drama expresionista posterior
a la Primera Guerra Mundial, o, por ello, sobre todas las palabras
y mundos inter-medios), el modo alegórico tiene un contexto
propio: llega tras la catástrofe. Es el modo que une nuestra
supervivencia como dolientes y lectores a lo que ya no está.
Como con un cadáver, al que Benjamin se refiere de pasada
como el emblema alegórico primordial o confeccionado, la
alegoría se realiza desde la perspectiva de la melancolía.
El objeto se convierte en alegórico bajo la mirada melancólica;
la vida se ha esfumado totalmente del objeto; se presenta como muerto,
pero también como eternamente rescatado y preservado. Benjamin
tiene una analogía claramente piscoanalítica para
esta doble lectura que él utiliza no sólo en una sino
en dos ocasiones. Es típico del sádico, dice Benjamin,
degradar y a la vez dar satisfacción a su objeto. Lo mismo
sucede con los alegoristas.
¿Cómo entender el modo alegórico de la lectura
post-catastrófica? Podemos empezar con nuestro propio entorno,
los medios de comunicación "sensurround", que sencillamente
invierten, al tiempo que retienen, el nexo melancólico, pero
en el modo de "protección frente a la catástrofe"
o lo que Benjamin analiza en términos de recepción
del shock traumático. Benjamin aborda esta versión
o reversión más contemporánea en sus ensayos
posteriores, como aquél sobre la cultura cinematográfica
o ese otro sobre Baudelaire y la psicología de masas. Ottinger,
a su vez, preserva esta asociación entre el tratamiento alegórico
y su consciente inversión o revival mediático desplazándose
desde Freak Orlando a su siguiente película, la conclusión
de la trilogía, en 1984, Dorian Gray im Spiegel der Boulevardpresse
(La imagen de Dorian Gray en la prensa amarilla), que se ocupa de
identificar las condiciones y contextos de la actual tecnologización
de los medios de comunicación, y en unos términos
que sólo parecen alejarse del teatro del mundo de Freak Orlando.
Pero a veces una desconexión es también una conexión.
El encuadre y el plano que abre la escena del gran almacén
de Freak City se afirma bajo la forma de la liquidación de
todas las noticias que puedan encajar en la historia antes de que
se imprima.
Karsten Witte interpreta como la elevación del periodismo
a la esfera del arte la decisión de Frau Doktor Mabuse (en
La imagen de Dorian Gray en la prensa amarilla) de crear una figura
con valor mediático y que aparezca en titulares. Frau Doktor
Mabuse es una productora de pensamiento. A diferencia del Doktor
de los filmes de Fritz Lang, esta magnate de los medios de comunicación
no es representación o representativa de la tiranía,
sino, en palabras de Witte, un "recuerdo de la tiranía",
una figura alegórica. Como tal, ejerce su presión
no tanto sobre las profundidades del recordar o el olvidar como
contra la superficie, el lugar (según Kracauer según
Witte) donde se produce la mínima osificación, donde
todavía se podría dar el avance o el cambio.
Que Berlín se excave una y otra vez para suministrar los
lugares de estas genealogías alegóricas o viajes por
el tiempo ayuda a definir la temporalidad de las yuxtaposiciones
de Ottinger. Las señales que representan los distintos pasados
no se reúnen en la intemporalidad. En Freak Orlando el encuentro
entre el Nacional Socialismo y la Inquisición, ambos vestidos
de sadismo y alegoría, no es una reunión en el relativismo,
un asemejar o combinar posthistórico de una era con cualquier
otra. Es siempre el pasado más reciente, aquél todavía
vivo, el que se reprime más inmediata y primordialmente,
y se transforma de este modo en un pasado primordial o en una prehistoria
unida y separada de nosotros como catástrofe.
En Freak Orlando, de Ottinger, Berlín puede figurar como
la ciudad más antigua de la historia, la ciudad clave de
nuestro pasado ancestral o, en términos de la película,
como Freak City, un lugar de encuentro para chicos sadomaso vestidos
de cuero que alternan con los tiempos de la analogía. La
íntima conexión que Benjamin establece entre la alegoría
y el sadismo, y que Ottinger sigue desarrollando en Freak Orlando,
no sigue exclusivamente los detalles visualizables de esos estilos.
La conexión se hace también en el tiempo que nos da
para mirar o leer: en las películas de Ottinger, el tiempo
no es ni lineal ni completo. Siempre es demasiado largo; colma,
pero también excede y por tanto erosiona, el lapso de retención
de la melancolía.
Alrededor del cambio de milenio, Ottinger reformateó y revalorizó
las coordenadas de su forma de producción artística.
En el curso de la década de los noventa, la acogida de sus
películas pugnaba por dividir, como en un Antes y un Después,
su dual-y doble en cada momento de sus filmes-interés por
el cine de ficción y el cine documental. Una serie de películas
que podrían ser denominadas documentales conllevaron, uno,
una sensación de cambio de dirección en el trabajo
de Ottinger; dos, una enorme represión de sus filmes de artista
anteriores; y tres, que se proyectara exclusivamente la producción
documental en detrimento de otras películas que parecían
haberse olvidado. Pero el filme que Ottinger estaba deseando hacer
a lo largo de los noventa era otra película de ficción,
La danza del diamante. El proyecto pasó el ínterin
en el infierno del revelado hollywoodense. Lo que ya no podía
mantenerse unido -el cine de artista- aun tenía la posibilidad
de desmembrarse y sobrevivir como arte. En 2000, Ottinger volvió
a situarse dentro del mundo internacional del arte. Su trabajo fotográfico
comenzó a exponerse en lugares importantes -más que
en museos etnológicos, por poner un ejemplo. Su película
Südostpassage, eine Reise zu den neuen weißen Flecken
auf der Landkarte (Pasaje sureste - un viaje a nuevas zonas en blanco
del mapa de Europa), aunque identificable como documental en naturaleza
y presupuesto, estaba al mismo tiempo subvencionada por una exposición
de arte internacional, la Documenta de Kassel de 2002, donde se
estrenó la película.
El trabajo documental sobre un viaje a lo largo de las rutas comerciales
tradicionales de la mitad olvidada de Europa, Pasaje sureste sigue
siendo hasta la fecha el filme de Ottinger con mayor trabajo de
edición. De hecho, se puede decir que es el primero que tomó
forma en la sala de montaje. Más concretamente, la inserción
o instalación de sus fotografías dentro del filme
es un rasgo sorprendente de su proceso de edición. Su trabajo
fotográfico, hasta el año 2002 un universo paralelo
de su producción artística, que se limitaba a revolotear
alrededor "del contexto" de sus filmes, con Pasaje sureste
entra en su producción fílmica como un elemento más
del montaje.
Antes de su viaje, Ottinger estaba familiarizada con los lugares
de su excursión documental, fundamentalmente a través
de los libros. En Pasaje sureste la cineasta selecciona citas de
Isaac Babel, Walter Benjamin, Elías Canetti, y Joseph Roth,
entre otros, que comentan o interactúan con la documentación
de lugares contemporáneos capaces de invocar todo tipo de
vestigios y fragmentos históricos. Como es típico
en la aproximación de Ottinger al cine, la banda sonora representa
una labor archivística de montaje que concuerda con las imágenes
casi totalmente. No obstante, es la fotografía la que otorga
de un efecto de superposición de estratos -que escenifica
y escalona el movimiento interior y el trayecto a través
de Südostpassage (Pasaje sureste)- a la gran entrada del cine
de Ottinger al mundo del arte. A continuación de una serie
de fotografías (incluyendo una de la directora en los exteriores
de la película) y de los títulos de crédito
(acompañados de la música conmovedora de una era ya
olvidada), el primer texto hace amplia referencia a la novela Las
doce sillas y pregunta al espectador / lector si de hecho conoce
esta obra fundamental.
Esta novela, una especie de relato de viajes, atraviesa el imperio
soviético de los años veinte. La narración
está escrita con la increíble alegría de la
fabulación, aunque al mismo tiempo revela una cierta realidad
rusa -la irrealidad o locura de la administración burocrática
de la vida cotidiana-, expresada a través de los recursos
formales de de lo grotesco. En esta película, Ottinger reanuda
la ruta de su viaje acompañada por una trouppe de actores,
por exteriores documentales de la antigua Unión Soviética,
para esta vez encontrar realidades presentes que son idénticamente
grotescas en género. Ottinger centra en Odessa su versión
de la historia y del viaje (en vez de Moscú, donde transcurre
la novela), convirtiendo a los personajes principales en ciudadanos
de Odessa, tal y como, de hecho, eran los autores del libro. En
Pasaje sureste, una de las tres partes que componen este encuentro
documental está dedicada a Odessa. Doce sillas, de ese modo,
mezcla así el texto literario y el guión con los atributos
del cine documental -improvisación, rodaje en exteriores,
encuentros azarosos y yuxtaposición-en un contexto (marcado
por ambas películas) donde se subraya el acto de ensayar
o la repetición.
La relación entre Pasaje sureste y Doce sillas repite el
dúo dinámico del un giro anterior en la obra de Ottinger:
su primera película documental. China. Die Künste -
Der Alltag (China. Su arte - su gente), resultó ser la exploración
y el encuentro a los que daría forma cinemática su
siguiente película, Johanna d'Arc of Mongolia. "Quizás
uno podría decir que China es el encuentro con el Otro-extranjero
y Johanna la representación, la escenificación de
este encuentro. Pero en la medida en que ambos encuentros suceden
en la realidad, surge un nuevo realismo que no ha sido inventado
arbitrariamente, sino que más bien descansa sobre un extenso
trabajo preliminar -sobre investigaciones, experiencias, estudios
iniciales, y toda la preparación que implica un proyecto
así. Lo que quiero decir es: la liberación de suficientes
espacios para que verdaderamente se produzca el encuentro."
(Ottinger en Presseheft, 21). Y de nuevo: "La clara confrontación
es siempre parte de mi trabajo cinematográfico. En Bildnis
einer Trinkerin (Retrato de una alcohólica), la ficción
y la realidad entablan un diálogo sobre el que hacen comentarios
las señoras "Cuestión Social", "Estadística
Exacta", y "Razón Humana", mientras que desde
el comienzo se oye la urgente solicitud de 'realidad' a través
de los altavoces del aeropuerto." (en Presseheft, 23).
Antes incluso de que Johanna d'Arc of Mongolia se abra al encuentro
documental con el Otro-extranjero, antes de que las viajeras europeas
sean secuestradas por la princesa mongola y su banda de amazonas,
las viajeras han comenzado a elevar su encuentro con su propia cultura
al nivel consciente, desde el museo en el que viajan a los márgenes
nómadas que cruzan la denominada "cultura occidental",
la cual terminan compartiendo con sus raptoras mongolas.
El transiberiano, que inicia las transferencias culturales de Johanna
d'Arc of Mongolia, recorre como un dedo lector la extensión
de este viaje. Y si bien un dedo está en la alfabetización,
el otro maneja la prensa, la tecnología sobre la que todavía
se basa el aparato proyector del cine. Dentro del apasionante viaje
de los inicios del cine, el tren no sólo protagonizó
la administración del poder para conmocionar y filmar, sino
que también prestó su POV (3) a la cámara capaz
de inyectar la trepidación de la catástrofe ferroviaria
a través de la membrana protectora y defensiva del yo-espectador.
China. Die Künste - Der Alltag (China. Su arte - su gente)
(4), que comienza en una inmensa estación ferroviaria, invita
a observar junto a la cámara los extraños espacios
que nos aguardan una vez a bordo. Junto a la multitud que espera
su transporte a lugares distantes, vemos pasar los trenes. Los títulos
del filme, las "estaciones" de nuestro itinerario, nos
son dados en este escenario de partida. Aquí, también,
la referencia al nacimiento del cine a través del movimiento
del tren, histórica y tecnológicamente, está
abordo. La última estación (la referencia a sí
mismo, las características internas, los límites externos
del cine) es la proyección de un filme épico. El final
del filme es la proyección de una película en el mercado
de un pueblo de montaña en la región ocupada por la
minoría Bai. A medida que va oscureciendo, desciende una
gran sábana, y la gente ocupa sus sitios en los bancos situados
frente a la pantalla. Un proyector portátil se pone en marcha
y comienza a mostrar un filme sobre la historia de los Bai. Katharina
Sykora: "Los tres elementos del título; 'China' en la
imaginación occidental, su 'gente' y sus 'artes' son captados
por esta imagen, quizás la más bella del filme."
Tal y como Ottinger documentó en su filme de 1990 Countdown
(Cuenta atrás) -que cubría los diez días en
Berlín que condujeron a la unificación monetaria alemana-,
tras la caída del muro, Berlín comenzó a cambiar
su rango de lugar alegórico por uno más funcional.
La compatibilidad e intercambio alegórico entre el Berlín
previo a la reunificación y el encuentro con China y Mongolia
parece duplicarse como un viaje de ida sin retorno. Como Berlín,
el cine hecho por artistas se aparta de lo que se había iniciado
en alianza con las posibilidades específicas del género
documental. Después de un intermedio durante el cual se hizo
evidente que los noventa no presenciarían la realización
de La danza del diamante, Ottinger regresó a China, esta
vez situando sus exteriores en otro de sus márgenes, Shangai,
la ciudad de la prosperidad en transición, sometida a una
mega actividad inmobiliaria como anticipación al retorno
de Hong Kong a la República Popular, pero también
como lugar específico localizado en el tiempo, un pasado
vivo que todavía puede recordarse. Shangai fue la última
ciudad abierta - el último recurso- de los refugiados judíos
de la Europa nazi. Contando este pasado a través de entrevistas
a ciudadanos y residentes de Shangai durante la Segunda Guerra Mundial
y posteriormente establecidos al área de San Francisco, en
Exil Shangai (Shangai del exilio) Ottinger yuxtapone el Shangai
contemporáneo a los discursos que recuerdan la ciudad, y
las reminiscencias de antiguos ciudadanos y refugiados sobre una
ciudad que durante décadas los había interpretado.
En 1992 titulé una entrevista con Ottinger "Real Time
Travel" ("Viajar en tiempo real") -en la que recordamos
Freak Orlando, al tiempo que dábamos la bienvenida y establecíamos
contacto con la por entonces recién terminada Taiga-. Esperaba
disponer así un plano continuo entre los filmes tempranos
que invocaban la metamorfosis (en Freak Orlando, la del cambio de
sexo y la del viaje por el tiempo) y el encuentro documental con
nómadas mongoles, así como la cantidad de tiempo que
toma tomarse el tiempo de encontrarse con el otro. El segundo viaje
de Ottinger a Mongolia (y el tercero, por tanto, a China) tuvo como
resultado el documental Taiga (1992), de nueve horas de duración.
A diferencia del punto de vista fijo adoptado en China
, y
a pesar de que el movimiento desde la ciudad al campo y sus márgenes
organiza este relato de viajes, en Taiga el punto de vista narrativo
(que coincide con el de la cámara y, por ello, con el de
la directora detrás de la cámara) está en constante
flujo, desplazándose de un extenso y desconocido espacio
al siguiente, pues, precisamente, aquí la perspectiva está
en route con los nómadas. Taiga sigue los viajes de dos pueblos
nómadas e inicia un viaje por su propia historia. La misma
curiosidad de Ottinger y la curiosidad que su cámara suscita
en sus anfitriones les lleva a reflexionar sobre su historia, cómo
eran las cosas, lo que se ha perdido u olvidado, las cosas que han
cambiado.
Pero entre estos dos lugares de "viaje en tiempo real"
de Ottinger -el alegórico desfile funerario que Berlín
fue en su día y el Lejano Oriente que facilita los primeros
contactos con culturas nómadas ahistóricas y su reciente
historia de transferencia y recuperación -ahora es el antiguo
bloque del Este el que invita a Ottinger a grabar, rescatar o hacer
legibles lugares e historias no-catécticas dentro de estados
alegóricos en transición.
Ottinger comenzó el guión de Zwölf Stühle
(Doce sillas) construyendo un andamio según el modelo del
teatro mongol, dentro del que la directora se siente libre de insertar
y erigir todo tipo de detalles. Desde 1970, la afición por
viajar de Ottinger - por la forma del viaje - había producido
un cine organizado en estaciones que se correspondían con
una travesía. Ottinger ve sus películas como ocupantes
de un lugar de tensión y transferencia continua entre culturas
nómadas y sendentarias. "Me gustaría describir
la medida en que nuestras formas de narración y de selección
iconográfica, nuestro cine, están conectados a nuestras
experiencias, cuyos matices están más allá
de estos dos modelos de existencia humana, la nómada y la
sedentaria. El modo nómada implica una vida muy activa, el
cambio es lo que inspira y el anhelo no es encontrar la paz sino
divertir y ser divertido. El modo sedentario es demasiado tranquilo,
desea apagarse, recuperarse. Esta paradoja puede explicarse por
el símil de la dinamo. El movimiento produce movimiento,
la quietud, quietud" ("Stationen Kino," 57).
La tensión entre lo nómada y lo sedentario no es exclusivamente
histórica; el impulso nómada se afirma no sólo
en cuanto que vestigio del pasado sino también en cuanto
que historia actual. Al describir Pasaje sureste Ottinger habla
de los "nuevos nómadas" del antiguo bloque del
Este, antiguos profesores, abogados, campesinos, carpinteros, y
ahora comerciantes de lo que sea, que viajan por los márgenes
de las fronteras y de las calles principales. Así socavan
y abren los límites y limitaciones de la vida en estos mundos
abocados al abandono. A través de "su coraje y desbordante
imaginación" se han convertido en héroes y heroínas
de la lucha por la supervivencia (Pasaje sureste).
Con respecto a Johanna d'Arc of Mongolia, que tan sólo parece
trazar la línea entre europeos sedentarios y mongoles nómadas,
Ottinger aclara que el impulso nómada no es exclusivo del
Otro-exótico: "No era mi intención crear imágenes
exóticas. La película se ocupa del transporte de la
cultura. Si el exotismo surge en el proceso, nunca se identifica
con 'el extranjero' per se, sino con el encuentro fallido con el
Otro-extranjero. No quiero decir que esto se produzca sólo
en un sentido peyorativo, porque los resultados, en ocasiones, son
interesantes. Mi película no se centra en el exotismo sino
en los nómadas. Éstos pueden ser mongoles, desempleados,
intelectuales y artistas judíos, refugiados, viajeros en
busca del conocimiento o la aventura. Veo la ruta del transiberiano
(
) como una especie de libro de visitas de culturas en el
que las influencias más diversas dejan su marca. El tema
de la película es lo contagiosas que son las ideas nómadas."
(en Presseheft 24).
Tanto en sus películas documentales como en las de ficción,
Ottinger nos ha dado numerosos escenarios identificables de lo que
ella denomina 'transferencia cultural': pero en contraste con tantas
formas multiculturales, el encuentro, por ejemplo, en Johanna d'Arc
of Mongolia, entre diferentes 'tipos' del mundo del espectáculo
europeos y estadounidenses, y las captoras mongolas es entre unidades
identificables. Lo que se sitúa en una zona intermedia nunca
se pierde. En otras palabras, la diferencia que ha estado siempre
ahí ha atravesado ambos modos y es parte del primer contacto,
parte de "between" (del entre), que, incluso según
la prehistoria de esa palabra, ya cubre el espacio o el estado de
"being two" (ser dos), situado al lado de ser uno mismo.
Ser dos o no ser dos, esa sigue siendo la cuestión. En el
encuentro con el Otro que exploran estos filmes, el yo se encuentra
a sí mismo fuera de sí mismo, atravesado por el otro
y atravesando al otro.
Esta afirmación de la diferencia del yo admite el trauma
de la pérdida sin devolver redoblado el modo de la re-traumatización.
La exclusión asociada a los sujetos marginales fuera de la
historia queda invertida en las películas de Ottinger como
inicio de un viaje y de una aventura. Existe un contexto cultural
polizón en las películas de Ottinger, de otra forma
dedicadas a la aventura o al adviento del Otro-incontrolable, del
futuro, del margen donde comienza la realidad: es la vieja Europa
que una vez alcanzó altas cotas de desarrollo cosmopolita
gracias a la mezcla y al encuentro de bagajes culturales irrecuperables,
en tránsito, en traducción, en la gran zona media
(Big Between) de lenguajes superpuestos. En Pasaje sureste, Ottinger
documenta la vieja Europa que todavía pervive intacta en
las ciudades del antiguo bloque oriental, desde los vestidos de
la gente, que a pesar de su pobreza, e incluso aunque tengan que
hacer su ropa con harapos, están absolutamente decididos
a parecer cosmopolitas. Para evocar el contexto de la vieja Europa
en Johanna d'Arc of Mongolia, los personajes del tren son residuos
de la resistencia del periodo de entreguerras situados en el lugar
de la pérdida, de la evacuación, del desplazamiento,
y a la vez, del espíritu europeo en cuanto que lugar condenado
desde la subida al escenario del Nacional Socialismo. El movimiento
hacia tercer mundo del Otro es un nuevo encuadre y desplazamiento,
que conlleva también el desplazamiento hacia el medio documental,
que Ottinger separa para dedicarlo a este otro, para dedicarlo simultáneamente
como futuro y como historia-alrededor de esta pérdida europea.
Las deslumbrantes yuxtaposiciones de Ottinger-piratería y
feminismo, alcoholismo y conciencia social, estrellas del espectáculo
judío-americanas y feudalismo mongol, por glosar algunos
ejemplos rápidamente-nos invitan a adentrarnos totalmente
en yacimientos arqueológicos de culturas perdidas, todas
ellas referidas a una Europa desaparecida largo tiempo atrás,
y excavar asimismo junto a ella las áreas adyacentes, los
bordes y márgenes que prueban estar en el interior del tema
perdido de la cultura.
(1) Catexis: en psicoanálisis es la concentración
de la energía de la libido en una idea, persona u objeto.
(2) MMPI (The Minnesota Multiphasic Personality Inventory): test
desarrollado en los años treinta para acelerar el diagnóstico
y el tratamiento psiquiátrico.
(3) POV (Persistence of vision): persistencia de la visión.
(4) China, su arte - su gente no está incluida en el ciclo
retrospectivo de Ulrike Ottinger en el Museo Nacional Centro Reina
Sofía.
Obras citadas:
Frey, Reiner. "Unterwegs mit Ketzern und Freaks. Ein Interview
mit Ulrike Ottinger über
ihren Film Freak Orlando." Filmfaust 25 (1981): 41-47.
Grafe, Frieda. "Mythen auf dem Mist des Alltags." Süddeutsche
Zeitung, 7 (Noviembre 8, 1981).
Ilf, Ilya and Yevgenii Petrov. The Twelve Chairs. Trans. John H.
C. Richardson.
Evanston, Illinois: Northwestern University Press, 1997 [1928].
Ottinger, Ulrike. Freak Orlando. Kleines Welttheater in fünf
Episoden. Berlín: Medusa
Verlag, 1981.
_______. Presseheft.
_______. "Stationen Kino. Kleine Geschichte des Erzählens
in freien Bildern." KW
Magazine 01/01.
_______. "Südostpassage." Texto inédito.
Silberman, Marc. "Interview with Ulrike Ottinger: Surreal Images."
Jump Cut 29 (1984).
Sykora, Katherina. "China. Die Künste - Der Alltag."
epd Film 9 (1986).
Witte, Karsten. "Die Spielerin." Frankfurter Rundschau
(Abril 27, 1984).
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