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La película de Ulrike Ottinger de 2004 Zwölf
Stühle (Doce sillas) resume, cita, revisa y se
construye sobre toda su obra fílmica anterior.
Como 8 ½, de Federico Fellini, o Elf Sönhe
(Once hijos), de Franz Kafka, Doce sillas da cuenta
de las doce películas de Ottinger. Esta cuenta
atrás se toma la libertad de incluir Diamond
Dance (La danza del diamante), que podría y
debería haberse realizado en la década
de los noventa, si no llega a ser por la pérdida
de capacidad comercial del cine hecho por artistas,
el cual se vio arrinconado por la alternativa de Hollywood
a sí mismo: el cine independiente. Tal y como
"documenta" la dilatada y práctica
pérdida del proyecto La danza del diamante,
el cine hecho por artistas se dio por terminado a
partir la Declaración del Cine Independiente
de Hollywood.
En Doce sillas, tres buscadores de tesoros intentan
encontrar las joyas que habían sido escondidas
durante la Revolución Rusa en un juego de doce
sillas. Al final, resulta que el pueblo ya lo había
descubierto accidentalmente dentro de la duodécima
silla, poniéndolo a buen fin. La silla, que
se conserva en un famoso club, refleja todavía
el poder adquisitivo del tesoro. El último
capítulo de la novela Las doce sillas, de Ilya
Ilf y Jevgeni Petrov, sobre la que se basa la película
de Ottinger, tranquiliza al lector de la siguiente
manera (pues el último de los buscadores de
tesoros se vuelve loco súbitamente): "El
tesoro se conservó. Había sido guardado
e incluso había aumentado. Se puede tocar,
pero no arrebatarse. Había sido destinado al
servicio del nuevo pueblo." (394).
A lo largo de la novela recorremos los pasillos de
la administración pública y de la escritura
(el periodismo incluido), que representan una versión
histéricamente optimista o una alternativa
a la melancolía y extrañamiento de los
instrumentos de escribir y organismos burocráticos
de Kafka. Como tales, el mundo de la palabra y de
la palabrería que satura la novela es el simulacro
y la afirmación de la escritura como parte
de la vida. En la última estación, la
de la silla duodécima, somos testigos de una
comparativamente feliz interpretación del espacio
comunitario. Así, el mero tesoro dentro la
silla aporta una "abundancia" adicional,
a saber, la de otro espacio público y publicado:
el de la novela Las doce sillas, la del filme de Ottinger
-la catexis, (1) y regalo que es esta película
duodécima del que el título es una cuenta
atrás-, y la del resto de sus doce películas.
En el primer largometraje de Ottinger, Madame X -
Eine absolute Herrscherin (Madame X - soberana absoluta),
la X marca el escondite del tesoro - "mundo",
"oro", "amor" y "aventuras
de piratas" - que la portadora del nombre quiasmático
invita a descubrir y disfrutar "a todas las mujeres"
en su compañía (a través de todos
los artefactos y medios de comunicación imaginables).
Y sin embargo, es el patriarcado mismo el que se afirma
en esta aventura sólo-para-mujeres, únicamente,
no obstante, para ser destruido, interrumpido o transformado.
Esta aparente metabolización de las estructuras
y papeles patriarcales en vehículo para la
liberación de las mujeres comienza en la introducción
de Ottinger a la problemática duplicación
del género. El filme inmediatamente se inscribió
como feminista, lo cual está en relación
con la fijación de la crítica de cine
feminista del momento por distinguir entre el placer
"de él" y "de ella". A
pesar de su sensacional acogida de 1977 (a veces tener
buena prensa es la mejor represión), Madame
X - soberana absoluta preparó la brújula
y se hizo a la mar siguiendo las coordenadas de una
"metáfora del despertar, fundamentalmente
a la aventura de la vida". Ottinger continúa:
"Aunque la película se centra sobre todo
en el momento del despertar, intento dejar claro que
el entusiasmo del despertar no puede ser duradero.
(
) A pesar de todo, los deseos de escapar y
de cambio deberían permanecer. (
) Formulé
conscientemente la contradicción entre Madame
X como dominadora y su promesa de libertad. Madame
X no representa una persona en concreto, sino más
bien una especie de máquina de poder."
(en Silberman)
Madame X es una figura de la tecnología protésica,
desde su brazo y mano asesinos al mascarón
de proa, que es a la vez su doble y el instrumento
por el cual implementa su gobierno absoluto. Las mujeres
que son ejecutadas -o metamorfoseadas a través
del contacto con el doble de Madame X - son culpables
de intentar traspasar o transgredir el poder o el
instrumento del poder de Madame X. Pero un aspecto
enteramente distinto de Madame X encuentra su doble
en el travesti Belcampo, cuyo rescate a manos de la
tripulación del buen barco Orlando Chino marca
el inicio de la temporada de metamorfosis. En un principio,
él/la es sometida por un psicólogo a
bordo a un test MMPI (2) para determinar su identidad
sexual. Las reacciones excéntricas de Belcampo
se expresan a través de una serie de planos
discontinuos, como si la propia cámara estuviera
desorientada. El evidente poder de Belcampo y su identificación
con el instrumento del cine revela que, detrás
de la figura o el fantasma del doble de Madame X y
su interés dominador por el instrumento de
su norma absoluta, reside un medio para la metamorfosis.
Madame X, como norma, exagera y en el fondo su control
no es tanto. Al final del filme, los miembros asesinados
de la antigua tripulación regresan como miembros
de la nueva, cantando hacia la próxima aventura
en busca del tesoro. En este plano el filme entra
en el torbellino de la metamorfosis.
En 1979 Ottinger lanzó su Trilogía de
Berlín, un trío de obras maestras del
cine de artista plenamente formuladas y compuestas.
La primera de las tres, Bildnis einer Trinkerin -
Aller jamais retour (Retrato de una alcohólica,
Billete sin retorno), se presenta como una ofrenda
votiva al "principio" del propio viaje de
Ottinger dentro del medio del cine, un comienzo que,
como ya estaba en marcha, era a la vez un recuerdo
y una conmemoración. Ottinger llegó
al cine a través de las artes visuales (pintura,
obra gráfica, fotografía, performance).
Tras su formación en Munich, se marchó
a trabajar a París. A pesar de su éxito,
llegó a un momento de crisis y desánimo,
pues no estaba convencida de lo que podía lograr
con estos medios estáticos, preliminares, parciales.
Ottinger renunció a su actividad como artista
y regresó a Constanza, donde, como fundadora
de una galería y de un club de cine, continuó
trabajando dentro del mundo del arte, pero desde el
punto de vista de la dirección y la organización.
La carrera fílmica de Ottinger despegó
después de su traslado a Berlín, ese
yacimiento arqueológico de proyecciones políticas
y psíquicas que le servirían durante
los años ochenta como principal fuente de inspiración
en su exploración del medio del cine.
Aunque el viaje de retorno o viaje sin retorno de
Ottinger contaba con una parada en Constanza, su posterior
traslado de París a Berlín, su transferencia,
en otras palabras, al nuevo medio del cine, se refleja,
o más bien se duplica, en el viaje ficticio
de la anónima heroína de Retrato de
una alcohólica, Billete sin retorno, que comienza
reconociblemente en París -en la película,
en un lugar imaginario llamado La Rotonda-con la compra
de un billete de ida a Berlín. La transición
al cine fue un periodo de crisis para Ottinger. Y
mientras la protagonista de su "retrato"
fílmico de 1979 se embarca en un viaje mortal
a través de las estaciones del exceso alcohólico,
la historia de la propia Ottinger se sitúa
más específicamente en el inter-medio,
en un plano medio de paredes de cristal que puede
romper pero nunca atravesar. No obstante, este impasse
es tan sólo una posible descripción
del medio especular a través del cual la directora
continuó viajando y estableciendo contacto.
Los cinco episodios que forman el Welttheater (teatro
del mundo), como Ottinger clasificó su película
de 1981 Freak Orlando, se dividen en épocas
tan diferentes como la Inquisición española
y la era de la psiquiatría moderna, aunque
todas las épocas pugnan alegóricamente
por continuarse y aparecer representadas en cada uno
de los cinco episodios. Que los mismos actores asuman
los diferentes papeles de los diversos episodios refuerza
el carácter alegórico de la metamorfosis,
la procesión o proceso de lectura que transpiran
los emblemas representativos de los acontecimientos
históricos o de las muertes que Ottinger trae
a este escenario del mundo. Lo que también
retorna en cada época es la apariencia e impacto
de la mercantilización contemporánea
de la representación -o lo que el guión
designa la "yuxtaposición de mitología,
grandes almacenes y Medioevo". En un momento
dado, por ejemplo, Orlando, con el fin de iniciar
otro viaje por el tiempo, entra en una habitación
o cámara dispuesta como un gabinete de curiosidades
- una especie de "barco de los locos, un gabinete
de espejos y de horror." (Orlando, Freak Orlando)
- en el cual, sin embargo, se le unen los flagelantes,
que llevan sus artículos de rebajas abordo.
Cuando en Fausto II Goethe se vuelve hacia la alegoría
es para lanzar un desfile de mercancías que
culmina -lo cual es asimismo el nexo en Freak Orlando-
en un tableau sobre la economía distinta del
arte.
En sus reflexiones sobre Freak Orlando, Ottinger subraya
que la secuencia del gran almacén alberga las
referencias del filme a un estrato mítico atávico:
"Para mí el significado de estas escenas
es la presencia del pasado dentro de lo que es más
actual" (en Frey, 45). Esta continuidad del pasado,
como observa Frieda Grafe, sirve de extraño
vehículo a todas las tensiones alegóricas
que siguen (y que también se distienden gracias
a la oferta especial de mitos en rebajas). No obstante,
este inicio, que hace evidente la conexión
entre significado y significante, queda subsumida,
como también señala Grafe, en la inauguración
alegórica del lenguaje o del mundo iconográfico
propio de Ottinger: "En estas imágenes
(que continúan llenas de contradicciones),
el aura de los significados difusos cristaliza en
impresiones. Es como si el mecanismo habitual del
cine, por el que la imagen representa una copia de
la realidad, se hubiera desbaratado, como si todo
se hubiera desplazado al nivel de las imágenes.
Como si existieran imágenes circulando libremente
que ya no encontraran su modelo en la naturaleza."
El Freak Orlando de Ottinger se alinea con la recepción
o reinvención de la alegoría de Walter
Benjamin en Der Ursprung des deutschen Trauerspiels
(The Origin of the Baroque Mourning Pageant). Según
la lectura de Benjamin (que trata en igual medida
sobre el teatro barroco y el drama expresionista posterior
a la Primera Guerra Mundial, o, por ello, sobre todas
las palabras y mundos inter-medios), el modo alegórico
tiene un contexto propio: llega tras la catástrofe.
Es el modo que une nuestra supervivencia como dolientes
y lectores a lo que ya no está. Como con un
cadáver, al que Benjamin se refiere de pasada
como el emblema alegórico primordial o confeccionado,
la alegoría se realiza desde la perspectiva
de la melancolía. El objeto se convierte en
alegórico bajo la mirada melancólica;
la vida se ha esfumado totalmente del objeto; se presenta
como muerto, pero también como eternamente
rescatado y preservado. Benjamin tiene una analogía
claramente piscoanalítica para esta doble lectura
que él utiliza no sólo en una sino en
dos ocasiones. Es típico del sádico,
dice Benjamin, degradar y a la vez dar satisfacción
a su objeto. Lo mismo sucede con los alegoristas.
¿Cómo entender el modo alegórico
de la lectura post-catastrófica? Podemos empezar
con nuestro propio entorno, los medios de comunicación
"sensurround", que sencillamente invierten,
al tiempo que retienen, el nexo melancólico,
pero en el modo de "protección frente
a la catástrofe" o lo que Benjamin analiza
en términos de recepción del shock traumático.
Benjamin aborda esta versión o reversión
más contemporánea en sus ensayos posteriores,
como aquél sobre la cultura cinematográfica
o ese otro sobre Baudelaire y la psicología
de masas. Ottinger, a su vez, preserva esta asociación
entre el tratamiento alegórico y su consciente
inversión o revival mediático desplazándose
desde Freak Orlando a su siguiente película,
la conclusión de la trilogía, en 1984,
Dorian Gray im Spiegel der Boulevardpresse (La imagen
de Dorian Gray en la prensa amarilla), que se ocupa
de identificar las condiciones y contextos de la actual
tecnologización de los medios de comunicación,
y en unos términos que sólo parecen
alejarse del teatro del mundo de Freak Orlando. Pero
a veces una desconexión es también una
conexión. El encuadre y el plano que abre la
escena del gran almacén de Freak City se afirma
bajo la forma de la liquidación de todas las
noticias que puedan encajar en la historia antes de
que se imprima.
Karsten Witte interpreta como la elevación
del periodismo a la esfera del arte la decisión
de Frau Doktor Mabuse (en La imagen de Dorian Gray
en la prensa amarilla) de crear una figura con valor
mediático y que aparezca en titulares. Frau
Doktor Mabuse es una productora de pensamiento. A
diferencia del Doktor de los filmes de Fritz Lang,
esta magnate de los medios de comunicación
no es representación o representativa de la
tiranía, sino, en palabras de Witte, un "recuerdo
de la tiranía", una figura alegórica.
Como tal, ejerce su presión no tanto sobre
las profundidades del recordar o el olvidar como contra
la superficie, el lugar (según Kracauer según
Witte) donde se produce la mínima osificación,
donde todavía se podría dar el avance
o el cambio.
Que Berlín se excave una y otra vez para suministrar
los lugares de estas genealogías alegóricas
o viajes por el tiempo ayuda a definir la temporalidad
de las yuxtaposiciones de Ottinger. Las señales
que representan los distintos pasados no se reúnen
en la intemporalidad. En Freak Orlando el encuentro
entre el Nacional Socialismo y la Inquisición,
ambos vestidos de sadismo y alegoría, no es
una reunión en el relativismo, un asemejar
o combinar posthistórico de una era con cualquier
otra. Es siempre el pasado más reciente, aquél
todavía vivo, el que se reprime más
inmediata y primordialmente, y se transforma de este
modo en un pasado primordial o en una prehistoria
unida y separada de nosotros como catástrofe.
En Freak Orlando, de Ottinger, Berlín puede
figurar como la ciudad más antigua de la historia,
la ciudad clave de nuestro pasado ancestral o, en
términos de la película, como Freak
City, un lugar de encuentro para chicos sadomaso vestidos
de cuero que alternan con los tiempos de la analogía.
La íntima conexión que Benjamin establece
entre la alegoría y el sadismo, y que Ottinger
sigue desarrollando en Freak Orlando, no sigue exclusivamente
los detalles visualizables de esos estilos. La conexión
se hace también en el tiempo que nos da para
mirar o leer: en las películas de Ottinger,
el tiempo no es ni lineal ni completo. Siempre es
demasiado largo; colma, pero también excede
y por tanto erosiona, el lapso de retención
de la melancolía.
Alrededor del cambio de milenio, Ottinger reformateó
y revalorizó las coordenadas de su forma de
producción artística. En el curso de
la década de los noventa, la acogida de sus
películas pugnaba por dividir, como en un Antes
y un Después, su dual-y doble en cada momento
de sus filmes-interés por el cine de ficción
y el cine documental. Una serie de películas
que podrían ser denominadas documentales conllevaron,
uno, una sensación de cambio de dirección
en el trabajo de Ottinger; dos, una enorme represión
de sus filmes de artista anteriores; y tres, que se
proyectara exclusivamente la producción documental
en detrimento de otras películas que parecían
haberse olvidado. Pero el filme que Ottinger estaba
deseando hacer a lo largo de los noventa era otra
película de ficción, La danza del diamante.
El proyecto pasó el ínterin en el infierno
del revelado hollywoodense. Lo que ya no podía
mantenerse unido -el cine de artista- aun tenía
la posibilidad de desmembrarse y sobrevivir como arte.
En 2000, Ottinger volvió a situarse dentro
del mundo internacional del arte. Su trabajo fotográfico
comenzó a exponerse en lugares importantes
-más que en museos etnológicos, por
poner un ejemplo. Su película Südostpassage,
eine Reise zu den neuen weißen Flecken auf der
Landkarte (Pasaje sureste - un viaje a nuevas zonas
en blanco del mapa de Europa), aunque identificable
como documental en naturaleza y presupuesto, estaba
al mismo tiempo subvencionada por una exposición
de arte internacional, la Documenta de Kassel de 2002,
donde se estrenó la película.
El trabajo documental sobre un viaje a lo largo de
las rutas comerciales tradicionales de la mitad olvidada
de Europa, Pasaje sureste sigue siendo hasta la fecha
el filme de Ottinger con mayor trabajo de edición.
De hecho, se puede decir que es el primero que tomó
forma en la sala de montaje. Más concretamente,
la inserción o instalación de sus fotografías
dentro del filme es un rasgo sorprendente de su proceso
de edición. Su trabajo fotográfico,
hasta el año 2002 un universo paralelo de su
producción artística, que se limitaba
a revolotear alrededor "del contexto" de
sus filmes, con Pasaje sureste entra en su producción
fílmica como un elemento más del montaje.
Antes de su viaje, Ottinger estaba familiarizada con
los lugares de su excursión documental, fundamentalmente
a través de los libros. En Pasaje sureste la
cineasta selecciona citas de Isaac Babel, Walter Benjamin,
Elías Canetti, y Joseph Roth, entre otros,
que comentan o interactúan con la documentación
de lugares contemporáneos capaces de invocar
todo tipo de vestigios y fragmentos históricos.
Como es típico en la aproximación de
Ottinger al cine, la banda sonora representa una labor
archivística de montaje que concuerda con las
imágenes casi totalmente. No obstante, es la
fotografía la que otorga de un efecto de superposición
de estratos -que escenifica y escalona el movimiento
interior y el trayecto a través de Südostpassage
(Pasaje sureste)- a la gran entrada del cine de Ottinger
al mundo del arte. A continuación de una serie
de fotografías (incluyendo una de la directora
en los exteriores de la película) y de los
títulos de crédito (acompañados
de la música conmovedora de una era ya olvidada),
el primer texto hace amplia referencia a la novela
Las doce sillas y pregunta al espectador / lector
si de hecho conoce esta obra fundamental.
Esta novela, una especie de relato de viajes, atraviesa
el imperio soviético de los años veinte.
La narración está escrita con la increíble
alegría de la fabulación, aunque al
mismo tiempo revela una cierta realidad rusa -la irrealidad
o locura de la administración burocrática
de la vida cotidiana-, expresada a través de
los recursos formales de de lo grotesco. En esta película,
Ottinger reanuda la ruta de su viaje acompañada
por una trouppe de actores, por exteriores documentales
de la antigua Unión Soviética, para
esta vez encontrar realidades presentes que son idénticamente
grotescas en género. Ottinger centra en Odessa
su versión de la historia y del viaje (en vez
de Moscú, donde transcurre la novela), convirtiendo
a los personajes principales en ciudadanos de Odessa,
tal y como, de hecho, eran los autores del libro.
En Pasaje sureste, una de las tres partes que componen
este encuentro documental está dedicada a Odessa.
Doce sillas, de ese modo, mezcla así el texto
literario y el guión con los atributos del
cine documental -improvisación, rodaje en exteriores,
encuentros azarosos y yuxtaposición-en un contexto
(marcado por ambas películas) donde se subraya
el acto de ensayar o la repetición.
La relación entre Pasaje sureste y Doce sillas
repite el dúo dinámico del un giro anterior
en la obra de Ottinger: su primera película
documental. China. Die Künste - Der Alltag (China.
Su arte - su gente), resultó ser la exploración
y el encuentro a los que daría forma cinemática
su siguiente película, Johanna d'Arc of Mongolia.
"Quizás uno podría decir que China
es el encuentro con el Otro-extranjero y Johanna la
representación, la escenificación de
este encuentro. Pero en la medida en que ambos encuentros
suceden en la realidad, surge un nuevo realismo que
no ha sido inventado arbitrariamente, sino que más
bien descansa sobre un extenso trabajo preliminar
-sobre investigaciones, experiencias, estudios iniciales,
y toda la preparación que implica un proyecto
así. Lo que quiero decir es: la liberación
de suficientes espacios para que verdaderamente se
produzca el encuentro." (Ottinger en Presseheft,
21). Y de nuevo: "La clara confrontación
es siempre parte de mi trabajo cinematográfico.
En Bildnis einer Trinkerin (Retrato de una alcohólica),
la ficción y la realidad entablan un diálogo
sobre el que hacen comentarios las señoras
"Cuestión Social", "Estadística
Exacta", y "Razón Humana", mientras
que desde el comienzo se oye la urgente solicitud
de 'realidad' a través de los altavoces del
aeropuerto." (en Presseheft, 23).
Antes incluso de que Johanna d'Arc of Mongolia se
abra al encuentro documental con el Otro-extranjero,
antes de que las viajeras europeas sean secuestradas
por la princesa mongola y su banda de amazonas, las
viajeras han comenzado a elevar su encuentro con su
propia cultura al nivel consciente, desde el museo
en el que viajan a los márgenes nómadas
que cruzan la denominada "cultura occidental",
la cual terminan compartiendo con sus raptoras mongolas.
El transiberiano, que inicia las transferencias culturales
de Johanna d'Arc of Mongolia, recorre como un dedo
lector la extensión de este viaje. Y si bien
un dedo está en la alfabetización, el
otro maneja la prensa, la tecnología sobre
la que todavía se basa el aparato proyector
del cine. Dentro del apasionante viaje de los inicios
del cine, el tren no sólo protagonizó
la administración del poder para conmocionar
y filmar, sino que también prestó su
POV (3) a la cámara capaz de inyectar la trepidación
de la catástrofe ferroviaria a través
de la membrana protectora y defensiva del yo-espectador.
China. Die Künste - Der Alltag (China. Su arte
- su gente) (4), que comienza en una inmensa estación
ferroviaria, invita a observar junto a la cámara
los extraños espacios que nos aguardan una
vez a bordo. Junto a la multitud que espera su transporte
a lugares distantes, vemos pasar los trenes. Los títulos
del filme, las "estaciones" de nuestro itinerario,
nos son dados en este escenario de partida. Aquí,
también, la referencia al nacimiento del cine
a través del movimiento del tren, histórica
y tecnológicamente, está abordo. La
última estación (la referencia a sí
mismo, las características internas, los límites
externos del cine) es la proyección de un filme
épico. El final del filme es la proyección
de una película en el mercado de un pueblo
de montaña en la región ocupada por
la minoría Bai. A medida que va oscureciendo,
desciende una gran sábana, y la gente ocupa
sus sitios en los bancos situados frente a la pantalla.
Un proyector portátil se pone en marcha y comienza
a mostrar un filme sobre la historia de los Bai. Katharina
Sykora: "Los tres elementos del título;
'China' en la imaginación occidental, su 'gente'
y sus 'artes' son captados por esta imagen, quizás
la más bella del filme."
Tal y como Ottinger documentó en su filme de
1990 Countdown (Cuenta atrás) -que cubría
los diez días en Berlín que condujeron
a la unificación monetaria alemana-, tras la
caída del muro, Berlín comenzó
a cambiar su rango de lugar alegórico por uno
más funcional. La compatibilidad e intercambio
alegórico entre el Berlín previo a la
reunificación y el encuentro con China y Mongolia
parece duplicarse como un viaje de ida sin retorno.
Como Berlín, el cine hecho por artistas se
aparta de lo que se había iniciado en alianza
con las posibilidades específicas del género
documental. Después de un intermedio durante
el cual se hizo evidente que los noventa no presenciarían
la realización de La danza del diamante, Ottinger
regresó a China, esta vez situando sus exteriores
en otro de sus márgenes, Shangai, la ciudad
de la prosperidad en transición, sometida a
una mega actividad inmobiliaria como anticipación
al retorno de Hong Kong a la República Popular,
pero también como lugar específico localizado
en el tiempo, un pasado vivo que todavía puede
recordarse. Shangai fue la última ciudad abierta
- el último recurso- de los refugiados judíos
de la Europa nazi. Contando este pasado a través
de entrevistas a ciudadanos y residentes de Shangai
durante la Segunda Guerra Mundial y posteriormente
establecidos al área de San Francisco, en Exil
Shangai (Shangai del exilio) Ottinger yuxtapone el
Shangai contemporáneo a los discursos que recuerdan
la ciudad, y las reminiscencias de antiguos ciudadanos
y refugiados sobre una ciudad que durante décadas
los había interpretado.
En 1992 titulé una entrevista con Ottinger
"Real Time Travel" ("Viajar en tiempo
real") -en la que recordamos Freak Orlando, al
tiempo que dábamos la bienvenida y establecíamos
contacto con la por entonces recién terminada
Taiga-. Esperaba disponer así un plano continuo
entre los filmes tempranos que invocaban la metamorfosis
(en Freak Orlando, la del cambio de sexo y la del
viaje por el tiempo) y el encuentro documental con
nómadas mongoles, así como la cantidad
de tiempo que toma tomarse el tiempo de encontrarse
con el otro. El segundo viaje de Ottinger a Mongolia
(y el tercero, por tanto, a China) tuvo como resultado
el documental Taiga (1992), de nueve horas de duración.
A diferencia del punto de vista fijo adoptado en China
,
y a pesar de que el movimiento desde la ciudad al
campo y sus márgenes organiza este relato de
viajes, en Taiga el punto de vista narrativo (que
coincide con el de la cámara y, por ello, con
el de la directora detrás de la cámara)
está en constante flujo, desplazándose
de un extenso y desconocido espacio al siguiente,
pues, precisamente, aquí la perspectiva está
en route con los nómadas. Taiga sigue los viajes
de dos pueblos nómadas e inicia un viaje por
su propia historia. La misma curiosidad de Ottinger
y la curiosidad que su cámara suscita en sus
anfitriones les lleva a reflexionar sobre su historia,
cómo eran las cosas, lo que se ha perdido u
olvidado, las cosas que han cambiado.
Pero entre estos dos lugares de "viaje en tiempo
real" de Ottinger -el alegórico desfile
funerario que Berlín fue en su día y
el Lejano Oriente que facilita los primeros contactos
con culturas nómadas ahistóricas y su
reciente historia de transferencia y recuperación
-ahora es el antiguo bloque del Este el que invita
a Ottinger a grabar, rescatar o hacer legibles lugares
e historias no-catécticas dentro de estados
alegóricos en transición.
Ottinger comenzó el guión de Zwölf
Stühle (Doce sillas) construyendo un andamio
según el modelo del teatro mongol, dentro del
que la directora se siente libre de insertar y erigir
todo tipo de detalles. Desde 1970, la afición
por viajar de Ottinger - por la forma del viaje -
había producido un cine organizado en estaciones
que se correspondían con una travesía.
Ottinger ve sus películas como ocupantes de
un lugar de tensión y transferencia continua
entre culturas nómadas y sendentarias. "Me
gustaría describir la medida en que nuestras
formas de narración y de selección iconográfica,
nuestro cine, están conectados a nuestras experiencias,
cuyos matices están más allá
de estos dos modelos de existencia humana, la nómada
y la sedentaria. El modo nómada implica una
vida muy activa, el cambio es lo que inspira y el
anhelo no es encontrar la paz sino divertir y ser
divertido. El modo sedentario es demasiado tranquilo,
desea apagarse, recuperarse. Esta paradoja puede explicarse
por el símil de la dinamo. El movimiento produce
movimiento, la quietud, quietud" ("Stationen
Kino," 57).
La tensión entre lo nómada y lo sedentario
no es exclusivamente histórica; el impulso
nómada se afirma no sólo en cuanto que
vestigio del pasado sino también en cuanto
que historia actual. Al describir Pasaje sureste Ottinger
habla de los "nuevos nómadas" del
antiguo bloque del Este, antiguos profesores, abogados,
campesinos, carpinteros, y ahora comerciantes de lo
que sea, que viajan por los márgenes de las
fronteras y de las calles principales. Así
socavan y abren los límites y limitaciones
de la vida en estos mundos abocados al abandono. A
través de "su coraje y desbordante imaginación"
se han convertido en héroes y heroínas
de la lucha por la supervivencia (Pasaje sureste).
Con respecto a Johanna d'Arc of Mongolia, que tan
sólo parece trazar la línea entre europeos
sedentarios y mongoles nómadas, Ottinger aclara
que el impulso nómada no es exclusivo del Otro-exótico:
"No era mi intención crear imágenes
exóticas. La película se ocupa del transporte
de la cultura. Si el exotismo surge en el proceso,
nunca se identifica con 'el extranjero' per se, sino
con el encuentro fallido con el Otro-extranjero. No
quiero decir que esto se produzca sólo en un
sentido peyorativo, porque los resultados, en ocasiones,
son interesantes. Mi película no se centra
en el exotismo sino en los nómadas. Éstos
pueden ser mongoles, desempleados, intelectuales y
artistas judíos, refugiados, viajeros en busca
del conocimiento o la aventura. Veo la ruta del transiberiano
(
) como una especie de libro de visitas de culturas
en el que las influencias más diversas dejan
su marca. El tema de la película es lo contagiosas
que son las ideas nómadas." (en Presseheft
24).
Tanto en sus películas documentales como en
las de ficción, Ottinger nos ha dado numerosos
escenarios identificables de lo que ella denomina
'transferencia cultural': pero en contraste con tantas
formas multiculturales, el encuentro, por ejemplo,
en Johanna d'Arc of Mongolia, entre diferentes 'tipos'
del mundo del espectáculo europeos y estadounidenses,
y las captoras mongolas es entre unidades identificables.
Lo que se sitúa en una zona intermedia nunca
se pierde. En otras palabras, la diferencia que ha
estado siempre ahí ha atravesado ambos modos
y es parte del primer contacto, parte de "between"
(del entre), que, incluso según la prehistoria
de esa palabra, ya cubre el espacio o el estado de
"being two" (ser dos), situado al lado de
ser uno mismo. Ser dos o no ser dos, esa sigue siendo
la cuestión. En el encuentro con el Otro que
exploran estos filmes, el yo se encuentra a sí
mismo fuera de sí mismo, atravesado por el
otro y atravesando al otro.
Esta afirmación de la diferencia del yo admite
el trauma de la pérdida sin devolver redoblado
el modo de la re-traumatización. La exclusión
asociada a los sujetos marginales fuera de la historia
queda invertida en las películas de Ottinger
como inicio de un viaje y de una aventura. Existe
un contexto cultural polizón en las películas
de Ottinger, de otra forma dedicadas a la aventura
o al adviento del Otro-incontrolable, del futuro,
del margen donde comienza la realidad: es la vieja
Europa que una vez alcanzó altas cotas de desarrollo
cosmopolita gracias a la mezcla y al encuentro de
bagajes culturales irrecuperables, en tránsito,
en traducción, en la gran zona media (Big Between)
de lenguajes superpuestos. En Pasaje sureste, Ottinger
documenta la vieja Europa que todavía pervive
intacta en las ciudades del antiguo bloque oriental,
desde los vestidos de la gente, que a pesar de su
pobreza, e incluso aunque tengan que hacer su ropa
con harapos, están absolutamente decididos
a parecer cosmopolitas. Para evocar el contexto de
la vieja Europa en Johanna d'Arc of Mongolia, los
personajes del tren son residuos de la resistencia
del periodo de entreguerras situados en el lugar de
la pérdida, de la evacuación, del desplazamiento,
y a la vez, del espíritu europeo en cuanto
que lugar condenado desde la subida al escenario del
Nacional Socialismo. El movimiento hacia tercer mundo
del Otro es un nuevo encuadre y desplazamiento, que
conlleva también el desplazamiento hacia el
medio documental, que Ottinger separa para dedicarlo
a este otro, para dedicarlo simultáneamente
como futuro y como historia-alrededor de esta pérdida
europea.
Las deslumbrantes yuxtaposiciones de Ottinger-piratería
y feminismo, alcoholismo y conciencia social, estrellas
del espectáculo judío-americanas y feudalismo
mongol, por glosar algunos ejemplos rápidamente-nos
invitan a adentrarnos totalmente en yacimientos arqueológicos
de culturas perdidas, todas ellas referidas a una
Europa desaparecida largo tiempo atrás, y excavar
asimismo junto a ella las áreas adyacentes,
los bordes y márgenes que prueban estar en
el interior del tema perdido de la cultura.
(1) Catexis: en psicoanálisis es la concentración
de la energía de la libido en una idea, persona
u objeto.
(2) MMPI (The Minnesota Multiphasic Personality Inventory):
test desarrollado en los años treinta para
acelerar el diagnóstico y el tratamiento psiquiátrico.
(3) POV (Persistence of vision): persistencia de la
visión.
(4) China, su arte - su gente no está incluida
en el ciclo retrospectivo de Ulrike Ottinger en el
Museo Nacional Centro Reina Sofía.
Obras citadas:
Frey, Reiner. "Unterwegs mit Ketzern und Freaks.
Ein Interview mit Ulrike Ottinger über
ihren Film Freak Orlando." Filmfaust 25 (1981):
41-47.
Grafe, Frieda. "Mythen auf dem Mist des Alltags."
Süddeutsche Zeitung, 7 (Noviembre 8, 1981).
Ilf, Ilya and Yevgenii Petrov. The Twelve Chairs.
Trans. John H. C. Richardson.
Evanston, Illinois: Northwestern University Press,
1997 [1928].
Ottinger, Ulrike. Freak Orlando. Kleines Welttheater
in fünf Episoden. Berlín: Medusa
Verlag, 1981.
_______. Presseheft.
_______. "Stationen Kino. Kleine Geschichte des
Erzählens in freien Bildern." KW
Magazine 01/01.
_______. "Südostpassage." Texto inédito.
Silberman, Marc. "Interview with Ulrike Ottinger:
Surreal Images." Jump Cut 29 (1984).
Sykora, Katherina. "China. Die Künste -
Der Alltag." epd Film 9 (1986).
Witte, Karsten. "Die Spielerin." Frankfurter
Rundschau (Abril 27, 1984).
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